jueves, 15 de noviembre de 2012
Crisis europea I: Democracia en apuros
martes, 9 de octubre de 2012
Un futuro federal
Luis López
miércoles, 5 de septiembre de 2012
PENSAMIENTOS VERANIEGOS
sábado, 19 de mayo de 2012
FRANÇOIS HOLLANDE: EL FUTURO DE LA SOCIALDEMOCRACIA EUROPEA
Luis López
viernes, 18 de mayo de 2012
LO QUE DEBEMOS APRENDER DE GRECIA
viernes, 30 de marzo de 2012
¿Por qué la reforma laboral no creará empleo?
El pasado jueves 29 de Mayo los sindicatos convocaron una huelga general con motivo de la reforma laboral aprobada por el Gobierno de Rajoy. Al margen del resultado y las consecuencias de la huelga, que desde mi punto de vista fue un éxito, quiero explicar por qué esta reforma laboral no va a generar empleo ni a mejorar el rumbo general de la economía española. El asunto es importante, porque los defensores de la reforma laboral pretenden que nos creamos que gracias a ella el paro se irá reduciendo, de manera que no podemos quejarnos de la pérdida de nuestros derechos, ya que según nos dicen, esos mismos derechos son lo que nos impide encontrar un empleo. Sin embargo, hay que aclarar que tal argumento es absolutamente falso. No es cierto que renunciando a nuestros derechos vayamos a salir de la crisis económica y a encontrar trabajo, tampoco es justo que sean los trabajadores los que asuman el coste de la crisis (no la hemos generado nosotros), así que tampoco es posible apoyar esta reforma laboral si lo que buscamos es salir de la crisis y mantener la justicia y la equidad en las relaciones laborales.
Lo primero que hay que explicar son los factores que determinan el nivel de empleo de la economía. Es decir, de qué variables depende que los empresarios quieran mantener un número mayor o menor de trabajadores contratados. La respuesta es muy fácil: el volumen de empleo de una empresa vendrá determinado por la producción total de bienes y servicios de esa empresa. Por lo tanto, el volumen de empleo total de la economía vendrá determinado por la producción total de bienes y servicios de la economía (lo que se conoce como Producto Interior Bruto o PIB). A partir de aquí, la pregunta que debemos hacernos para saber si la reforma laboral ayudará a incrementar el volumen de empleo es la siguiente: ¿los empresarios van a producir más, gracias a la reforma laboral?.
En un primer momento, podemos pensar que sí, ya que como es obvio, la reforma supone una importante reducción de costes para las empresas, de tal manera que a los empresarios les saldrá más barato que antes producir bienes y servicios, así que en consecuencia decidirán producir más, y para ello deberán contratar más trabajadores. Fijémonos que este argumento es atractivo pero en el fondo no es más que una simple falacia: el argumento nos dice que los empresarios decidirán producir más que antes, debido a que producir será más barato. Sin embargo, ignora completamente que los empresarios producen bienes y servicios para venderlos después... Por lo tanto, por muy barato que sea producir, si no consiguen vender la producción adicional, no producirán más, aunque sea más barato. El error del argumento consiste en suponer que una reducción generalizada de costes hará que los empresarios decidan producir más, sin tener en cuenta que los empresarios tan solo producirán más si pueden vender esa producción adicional en el mercado, algo que sin duda no ocurrirá, porque el consumo de los trabajadores (con más miedo ahora a ser despedidos) se reducirá, así como el gasto público (debido a la obsesión de atajar el déficit de la noche a la mañana) y la inversión empresarial (debido a las malas expectativas económicas para el futuro).
En el párrafo anterior queda claramente desmontada la falacia neoliberal que afirma que para crear empleo debemos reducir los salarios, etc... Sin embargo, es posible que al explicársela a la gente, nos contesten con otra falacia, que es la siguiente: “si se reducen los costes de producción, las empresas podrán reducir sus precios, y así conseguirán vender la producción adicional, por lo tanto una reforma laboral que reduzca los costes, hará que los empresarios estén dispuestos a producir más”. Esto no es más que otra falacia, que sin embargo parece puro sentido común y convence mucho a la gente. Primero, hay que aclarar que no hay absolutamente nada que nos garantice que una reducción generalizada de los costes se traslade necesariamente a los precios. Segundo, no es cierto (aunque parezca que sí) que una caída generalizada de precios incremente necesariamente el nivel de ventas de las empresas. La primera afirmación es obvia y no hay que explicarla, los empresarios no reducirán los precios si no les conviene a ellos, y no hay nada que garantice que una caída de costes les haga reducir precios (en Grecia los salarios bajan y los precios suben sin problema). La segunda afirmación es más complicada de entender, ya que parece de sentido común que si los precios bajan, la gente compra más. Sin embargo, esto realmente solo ocurre a nivel de una empresa individual, es decir, está claro que si una empresa baja sus precios venderá más, pero sin embargo no es cierto que si todas las empresas bajan los precios, todas ellas venderán más, por una cuestión muy simple: cuando bajan los precios, los consumidores pueden comprar más cosas que antes, pero al mismo tiempo ¡¡los vendedores podrán comprar menos cosas que antes!!, por lo que a nivel global, el poder de compra del conjunto de la sociedad permanecerá inalterado. Es por eso que una caída global de precios no tiene por qué suponer un incremento global de la ventas, aunque a nivel de empresa individual ocurra lo contrario. Pero hay más, una caída del nivel de precios incrementa el valor real de las deudas, ya que si yo tengo que pagar 100 euros el año que viene (porque tengo una deuda), esos 100 euros serán más significativos si dentro de un año los precios han bajado. En consecuencia, una caída generalizada de precios, al incrementar el valor real de las deudas, reduce las nuevas inversiones de las empresas, así como la compra de viviendas por parte de las familias, ya que los préstamos se encarecerán en términos de poder adquisitivo. Y continuamos, es posible que nos digan que una reducción de precios mejora la competitividad y ello nos hará exportar más e importar menos (algo cierto), sin embargo también es cierto que se incrementa el valor real de las importaciones, por lo que no hay nada que garantice que se reduzca el déficit exterior de España. Por ejemplo, si nosotros antes importábamos un producto que costaba 100 euros, para nivelar el saldo exterior teníamos que exportar otro producto que costase 100 euros. Si ahora nuestros precios bajan a 50 euros, para importar algo que nos cueste 100 euros, tendremos que exportar dos productos en vez de uno si queremos igualar el saldo exterior. En consecuencia no hay nada que garantice que bajar precios mejore nuestro déficit exterior.
La conclusión de todo lo anterior es que la reforma laboral no creará empleo, ya que no incrementará el nivel de ventas de las empresas, y en consecuencia, por muy barato que sea producir, los empresarios no decidirán producir más, por la simple cuestión de que no sirve de nada producir algo que después no vas a poder vender. Por ello, la reforma laboral es una pérdida gratuita de derechos para los trabajadores, que no ganamos nada, solo perdemos nuestros derechos sin ninguna contraprestación. Por ello es lógico y positivo que todos los trabajadores sigan luchando para parar esta reforma laboral ineficaz e injusta, que solo gusta a los de siempre y perjudica a los de siempre.
Eduardo de A.
martes, 29 de noviembre de 2011
LA IMPORTANCIA DE LO CERCANO
En los últimos meses hemos asistido a una frenética actividad política en nuestro país. Si en mayo fueron las elecciones locales y autonómicas, en noviembre les tocó el turno a las generales. Todo esto ha estado aderezado por numerosos acontecimientos como el ataque de los mercados, los recortes y la escala de la prima de riesgo, entre otros. Pero, como ya avisó el 15-M, ¿nos estamos acostumbrando a la política de los grandes números y de las estadísticas?
Para mí, la política debe basarse en lo cercano, en el contacto con el ciudadano, con la gente “corriente”. Conocer sus problemas y necesidades y tratar de ofrecer soluciones reales, posibles y satisfactorias debe ser nuestra meta. Para ello, es necesario bajar al terreno de juego, a la calle, y trabajar codo con codo con todas las personas, ya sean jóvenes o mayores, y mejorar nuestros barrios. Porque creo que una mejora desde abajo, desde las pequeñas cosas, acabará traduciéndose en una mejora a mayor escala.
De este modo, es importante el impulso de foros de participación ciudadana que sean cercanos, abiertos todos y modernos. Unos puntos de partida podrían ser las Juntas Municipales de Distrito, que si reciben el empujón necesario, serían un buen altavoz de las inquietudes de los madrileños, y no unos organismos totalmente desconocidos como ocurre ahora. Todo ello sin olvidar las agrupaciones vecinales y políticas como la nuestra.
Si eres de los que piensas que la política es un coto cerrado, oscuro y en donde se trapichea con intereses, estás totalmente equivocado. La política es la preocupación por tu calle, por tu instituto, por tu ambulatorio, en definitiva, por esas cosas del día a día. Por eso te digo que no te mantengas al margen. ¡Participa con nosotros de lo cercano!
Javier de las Heras Molina
lunes, 31 de enero de 2011
Los errores de la sabiduría convencional sobre las pensiones
La Vanguardia publicó recientemente (09.01.11) un editorial titulado “La inevitable reforma de las pensiones”, que refleja la sabiduría convencional sobre las pensiones ampliamente promulgada y reproducida en los medios de información y persuasión del país, que podría haberse publicado en cualquiera de los cinco rotativos más importantes de España. El editorial subrayaba que existe un consenso generalizado entre los expertos de que la bajada de la natalidad y el aumento de la esperanza de vida hacen insostenible el sistema de pensiones públicas, a no ser que se retrase la edad obligatoria de la jubilación. El editorial añadía que hay ahora 17.6 millones de afiliados a la Seguridad Social (es decir, personas que cotizan a la Seguridad Social) y 8.4 millones de pensionistas, resultando en un ratio de aproximadamente 2 cotizantes por pensionista. Dentro de cuarenta años –indicaba el editorial de La Vanguardia-, los expertos señalan que el número de pensionistas se doblará, y ello tendrá como resultado que habrá sólo un cotizante por pensionista, lo cual es insostenible. Con estos datos y argumentos, el editorial insinuaba, previsiblemente, que la testarudez de los sindicatos y su incapacidad de entender estos datos está proyectando una actitud irresponsable en su resistencia a retrasar obligatoriamente la edad de jubilación.
Hasta aquí el editorial. Valdría la pena analizar los supuestos que sostienen las postura del editorial, y ver quién es irresponsable, si los sindicatos o aquellos que suscriben este editorial de La Vanguardia, que refleja la sabiduría convencional. Veamos los datos.
En primer lugar, no es cierto que haya consenso entre los expertos sobre la necesidad de retrasar obligatoriamente la edad de jubilación. Es cierto que hay consenso entre los expertos con los cuales cuentan La Vanguardia y otros de los mayores medios de información y persuasión. Incluyen, por ejemplo, al Sr. José A. Herce y a sus colegas, de Fedea (la Fundación de Estudios Económicos financiada por la gran Banca y las grandes empresas del país), los cuales tienen escasa credibilidad, tanto en sus estimaciones como en sus proyecciones sobre el futuro de las pensiones. El Sr. Herce ha estado prediciendo el “colapso” de la Seguridad Social desde hace ya muchos años. Así, en 1995, el Sr. Herce había pronosticado que el sistema de pensiones público tendría en el año 2000 un déficit de nada menos de un 0,62% del PIB. Llegó el 2000, y tal sistema no sólo no tenía ningún déficit, sino que estaba en superávit. Ello no fue obstáculo para que el supuesto experto profetizara más tarde que el déficit vendría en 2005. El 2005 llegó, y el sistema continuaba en superávit. Unas estimaciones igualmente erróneas fueron hechas por otros supuestos expertos, como Piñera y Weinstein (quienes indicaron que el colapso del sistema de pensiones sería en el 2000, y más tarde, al no darse el colapso en aquel año, lo retrasaron al 2005), Barea (otro catastrofista que también señaló el 2000, y más tarde el 2005 como el año del colapso), Taguas y Sáez, y otros. (Para un estudio más detallado de las predicciones de colapso fallidas, ver Vicenç Navarro, Juan Torres y Alberto Garzón, “¿Están en peligro las pensiones públicas? Las preguntas que todos nos hacemos. Las respuestas que siempre nos ocultan”, Attac 2010, pp 30-37). Ahora bien, entre los expertos que conocen el tema no hay tal consenso. En realidad, hay más expertos que cuestionan las tesis de insostenibilidad de las pensiones públicas que expertos que la sostienen. Lo que pasa es que los primeros raramente aparecen en los medios, cuya orientación neoliberal explica que los expertos que cuestionan tal inviabilidad sean excluidos.
Veamos ahora el segundo error del editorial de La Vanguardia, el de que en cuarenta años tendremos un cotizante por pensionista. Para llegar a este ratio se hacen una serie de supuestos altamente cuestionables. Se dice, por ejemplo, que el número de pensionistas actual se doblará, pero se asume que el número de cotizantes continuará igual, lo cual es absurdo. Ahora, el porcentaje de la población adulta que trabaja y cotiza es sólo del 59,8% (2009) de la población, y ello como resultado del bajo porcentaje de mujeres en el mercado de trabajo (uno de los más bajos de la UE-15). Es impensable que este porcentaje no aumente, pues es más que probable que el porcentaje de la mujer en el mercado de trabajo irá asemejándose más y más al porcentaje existente en el promedio de la UE-15 y con ello, el porcentaje de la población adulta que trabaja y cotiza en la Seguridad Social llegue a ser un 70 o un 75%. Ello quiere decir que el número de cotizantes por pensionista será mucho mayor de lo que el editorial y sus expertos vaticinan.
En realidad, los famosos “expertos” ya habían predicho en 1995 déficits en el sistema de pensiones públicas en la primera década del siglo presente al subestimar el crecimiento de los cotizantes. Predijeron que habría en 2010 14.4 millones de afiliados (cotizantes a la Seguridad Social) y 8.7 millones de pensionistas. En realidad el número de pensionistas fue ya en 2007 de 8.4 millones (un número muy próximo al que habían estimado existiría en 2010), pero el número de afiliados fue de 17.6 millones, mucho mayor de lo estimado por los catastrofistas. Como consecuencia, la tasa pasó de ser 2.05 afiliados por pensionista en 1995 a 2.55 en 2010, y ello resultado de la entrada de la mujer y de la inmigración al mercado de trabajo
Pero, además del incremento del número de cotizantes (que La Vanguardia ignora para poder llegar a su tesis de insostenibilidad) hay que considerar también el aumento de las cotizaciones (en caso de que se continúe financiando las pensiones con sistemas de reparto) o de los impuestos, como resultado del incremento de los salarios, resultado del incremento de la productividad, dato también ignorado por la sabiduría convencional reflejada en aquel editorial. En realidad, la riqueza (PIB) del país depende del número de trabajadores y de su productividad. El hecho de que los dos hayan aumentado explica que el PIB haya ido aumentando en España (excepto en estos últimos años de la Gran Recesión).
Pues bien, el aumento de la productividad implica que un trabajador produce cada vez más, y que puede sostener a más pensionistas que ahora. Si sumamos, pues, el incremento del número de cotizantes al incremento de la capacidad de cada cotizante para poder sostener a un pensionista, resulta claro que las cifras del editorial de La Vanguardia son insuficientes para llegar a la conclusión a la que el editorial llega. Y tenemos evidencia de ello, si miramos lo que ha ido ocurriendo en los últimos 15 años. En 1995, la Secretaría General de la Seguridad Social distribuyó un Estudio Económico Actuarial titulado “La Seguridad Social en el umbral del siglo XXI”. En este estudio se hacían las siguientes proyecciones. Se calculaba que en el año 2009 habría 3.876.177 pensionistas, y en el 2030, 5.133.383. En el año 2009, en lugar del proyectado 3.876.177 pensionistas, hubo 5.182.747, cifra mayor que las que se habían calculado en 1997 para el 2030. Imagínese el ruido mediático si se hubieran proyectado las cifras que al finan resultaron ser las válidas. Seguro que los “expertos” de La Vanguardia habrían asumido que la Seguridad Social colapsaría. Pues, no sólo no colapsó, sino que en 2009 tenía superávit. ¿Qué había ocurrido? Pues muy fácil. Aunque el número de pensionistas aumentó enormemente, el PIB aumentó también considerablemente, de manera que si en 1995 España se gastaba 8.3% del PIB en pensiones (y las cotizaciones alcanzaban el 9.4% del PIB), en el 2008 el PIB había subido mucho más, de manera que cubrir aquel número mucho mayor significó en realidad un porcentaje incluso menor del PIB, un 7.8%, mientras que las cotizaciones subieron un 9.6%. La Seguridad Social no sólo no había colapsado, sino que estaba en superávit.
Basados en estos datos podemos ver lo erróneo de predecir el futuro en tono catastrofista. Si el incremento de la productividad fuera de un 2% por año (la cifra que el nuevo Ministro de Trabajo, Valeriano Gómez, utilizó en su entrevista a El País, 12.12.10), resultaría que el PIB dentro de cuarenta años sería 2.2 veces mayor que ahora. Si a ello se suma el incremento de la población, resulta que este porcentaje puede ser incluso mayor. ¿Cuál es, pues, el problema? El Sr. Valeriano Gómez, por cierto, erró de nuevo cuando indicó que incluso en el caso de que la productividad aumentara un 2%, España no podría sostener un 15% del PIB en pensiones en el año 2050. Esto no es cierto y es fácil de demostrar que el Ministro está equivocado. Eleve el crecimiento del 2% a 40 años y verá que en 2050 el PIB sería 2.2 veces mayor que el actual. Ello quiere decir que si ahora el PIB es 100 (con un 8 a pensiones, y 92 a no pensionistas), en 2050 el PIB sería 220, con lo cual un 15% (33) sería para pensionistas y 187 para los no pensionistas. Tanto los pensionistas como los no pensionistas tendrían muchos más recursos que ahora. El hecho de que en el año 2050 el 15% fuera a pensiones, no quiere decir que los no pensionistas tuviesen menos recursos. Habría más que ahora. El Sr. Rubalcaba decía que no le salían los números al gobierno. Si al gobierno no le salen los números, sería aconsejable que mejorara sus calculadoras.
Vicenç Navarro es Catedrático de Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra, y Profesor de Public Policy. The Johns Hopkins University
sábado, 11 de diciembre de 2010
LA PROBLEMÁTICA DE LAS POLÍTICAS DE EMPLEO
Ayer el diario El País abrió con el siguiente titular: “El PSOE registra su peor resultado”. Dicha afirmación, respaldada por un sondeo de Metroscopia, cifra la distancia entre los dos grandes partidos nacionales en nada menos que 18,8% en cuanto a intención directa de voto. Nada más echar un vistazo al gráfico dado, dos cosas llaman la atención: la espectacular bajada de casi 9 puntos en este mes de diciembre (la mayor de la legislatura) y que el PP, pese a la bajada del 20% del PSOE con respecto a las Generales de 2008, apenas ha aumentado en un 3% su intención de voto. En esta entrada, hablaré de la primera de estas dos cuestiones para intentar esclarecer uno de los motivos cruciales de esta bajada en las encuestas: la supresión de ayudas a los parados de larga duración; y, con vuestra ayuda, abrir el debate y la reflexión en torno a este tema de actualidad.
El motivo de no hablar de la inmovilidad del PP no responde a la desidia o la pereza, simplemente se trata de la historia interminable: las elecciones no las gana la derecha. Por el contrario, las pierde o gana la izquierda. ¿En función de qué? De lo que se abstenga el votante de izquierda. Da igual que el PP tenga imputados por corrupción por toda la geografía española, que aliente la inseguridad financiera contra el total de la nación, que carezca por completo de una alternativa al Gobierno o de una oposición constructiva. Da igual. Todo es bueno para el convento, y como dijo aquel lo mejor sería que Rajoy se durmiera y no despertara hasta 2012.
En cambio, la primera de las observaciones sí resulta interesante. Tras mejorar en 5 puntos en el mes de Noviembre, en parte gracias a la reestructuración del Gobierno, las cifras de intención de voto caen en picado en lo que llevamos de mes. Según el artículo, El País da como explicación el rechazo generalizado a las medidas económicas tomadas por el Gobierno, siendo estas: el plan de privatizaciones (49% de AENA y 30% de Loterías y Apuestas del Estado), la reducción de impuestos (fundamentalmente a las PYMES) y la supresión de las ayudas a los parados de larga duración (La famosa ayuda de 426€), que dejará sin cobertura, según UGT, a casi un millón de desempleados.
El motivo de este cambio no es el de un supuesto giro a la derecha del Gobierno socialista, como algunos sectores afirman ante la impopular propuesta. Por el contrario, su análisis queda obsoleto sin atender al contexto en el que se desarrolla, sin ver el bosque que hay detrás de este árbol. Y es que el fin de la ayuda queda enmarcado en el plan de reestructuración de las políticas de empleo. Cuando hablamos de políticas de empleo distinguimos entre pasivas –básicamente subsidios de desempleo- y activas- contemplando estas la formación de parados, las bonificaciones a la contratación y la convocatoria de plazas públicas-. Sin embargo, dos son los problemas que adolece el sistema español de políticas de empleo, a saber:
- La descompensación entre políticas activas y pasivas: Atendiendo a los Presupuestos Generales del Estado para 2011, de la partida de 40.000 millones para políticas de empleo, 30.000 millones serán destinadas a políticas pasivas, mientras que para activas unos 7.500, un 5,5% menos que con respecto a 2010. Es decir, España gasta la mitad en PAE (Políticas Activas de Empleo) que Dinamarca.
- En cuanto a las partidas para formación, de los 7.500 millones, sólo 2.500 se destinan a formación (ya que la mayoría de los recursos acaban en forma de bonificaciones a la contratación). De esta cifra, 3 veces menos que el presupuesto de Austria en el mismo aspecto, tan sólo 1.000 millones son para formación directa. En números absolutos, del 4% de gasto del PIB en políticas de empleo, el 0,1% sería para formación de parados.
Es este panorama el que el Gobierno intenta paliar con la reforma. A nadie se le escapa que para fomentar la contratación y el empleo a largo plazo es fundamental el incremento en la formación de los parados y no bonificaciones que tan sólo crean empleo cortoplacista. Por ello, aparte de aumentar el número de desempleados con formación y de duplicar el presupuesto a las PAE, la reforma contempla que los servicios de empleo dejen de ser meros tramitadores de subsidios, convirtiéndose en agentes de oportunidad.
Sin embargo, la vida es dura y para cumplir con las directivas de la UE nuestro déficit tiene que llegar al 6% para 2011 y eso se traduce en dos salidas: disminuir los gastos o aumentar los ingresos. Si bien es discutible que el Gobierno se centre en la reducción del gasto y no en el aumento de los ingresos del Estado (aumento del IRPF a las rentas más altas, restitución del Impuesto sobre el Patrimonio, etc.), la realidad es que estamos ante uno de los presupuestos más limitados de la historia de nuestra democracia. Por tanto, si sumamos esta restricción a la necesidad de aumentar las políticas activas en detrimento de las pasivas, hallamos explicación a la supresión de la ayuda al desempleo.
En conclusión, una vez pasada la primera oleada de la crisis, donde sí que era del todo fundamental aumentar la cobertura y protección al desempleo, y una vez que ya se ha tocado fondo –a tal efecto, cabe recordar que la subida de paro del pasado mes es la menor en 12 años- no se trata de aumentar o disminuir el gasto de las políticas de empleo, si no de reestructurar las partidas de cara al medio plazo. Y como el dinero no crece de los árboles, hay que tomar decisiones valientes, aunque como socialistas nos cueste aceptarlas.
jueves, 16 de septiembre de 2010
Cuando ser inmigrante equivale a ser delincuente
Los motivos de Sarkozy están bien claros. Según sus propias palabras, “los extranjeros que viven en Francia y que son delincuentes no merecen ser franceses”. Pero, ¿qué pasa con los franceses que son delincuentes? ¿Acaso valen más que los inmigrantes que no lo son? ¿Se ha demostrado en todos los casos de repatriación que estas personas han incumplido alguna ley? A pesar de la multitud de voces que se han alzado en contra de las políticas de inmigración del Gobierno francés, no podemos ignorar el hecho de que no se trata de un caso aislado y que para ver este tipo de comportamientos no tenemos que cruzar nuestras fronteras, ni mucho menos culpar sólo a los políticos. Nosotros mismos, en nuestras calles y barrios, somos testigos de ello. El otro día un compañero me recordaba que, en muchas ocasiones, cuando agentes de policía realizan patrullas rutinarias o ven algún comportamiento sospechoso, suelen pedir primero la documentación a personas que por apariencia no parecen ser españoles.
El Parlamento Europeo, órgano que nos representa a los ciudadanos en la Unión, parece tenerlo claro. El problema está en que, con respecto a este tema, sus resoluciones no son vinculantes. Los que tienen la palabra son los Gobiernos de los países miembros, pero no parece probable que este tema se incluya en la agenda del Consejo Europeo debido al perfil conservador de los principales líderes europeos.